La arcilla y la pintura son la base sobre la que se construye una metodología ancestral. Al aplicar el lenguaje pictórico a la cerámica, se crea una narrativa disruptiva que expresa claramente la necesidad de volver a la tierra en tiempos de infinita incertidumbre.
El tacto, el sentido que más comunica, es el sentido con mayor presencia en la alfarería. El dominio del oficio es imprescindible para crear las piezas; la escultura surge del gesto y sólo adquiere consistencia a través del fuego. Las fuerzas telúricas de la tierra y el fuego, más la paciente humildad del artista, dan lugar a una serie de formas que se unen para crear grandes piezas escultóricas que bien pueden considerarse tótems.
A la telúrica de la cerámica se añade un componente ancestral mediante el uso de formas geométricas, transformadas y enriquecidas por la iconografía característica de Albert Pinya.
A través del lenguaje pictórico, la cerámica se humaniza y empieza a contar historias; la civilización como reflejo del pensamiento retoma su posición.